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Lima, Peru
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Una mirada de reconciliación con nuestra madre

Cada madre es única, sin punto de comparación. Viene a cumplir esta labor vital sin ningún manual de por medio. Lo más grandioso que posee es el más humilde y eterno amor por sus hijos, aquel amor que puede ser la dosis más significativa de bienestar para toda la vida. En la adolescencia, juventud o adultez, el hecho de ser mamá transforma completamente la vida de una mujer que también afronta cambios emocionales. Esa mujer madre que al ver los ojitos de su pequeño, sólo buscará darle amor, cobijo y protección. En esta visión, muchas madres se preparan para asumir tal función, otras en cambio, no del todo. Existen actitudes en una madre que podrán ser calificadas por el entorno. En este punto deberíamos considerar que una mamá también es el resultado de lo que vivió y aprendió en el corazón del hogar, más aún de la figura materna, por lo tanto, una mamá se nutre de la experiencia de su progenitora, pero ¿cómo fue esa experiencia?, ¿me ha enriquecido?, ¿sigo sintiendo su ausencia?, ¿cómo me califico ahora que yo soy madre? Cada madre lleva consigo una historia personal, por eso es importante que las actuales y próximas mamás sepan reconocer e identificar hasta qué punto influirá la relación que tienen o tuvieron con su madre en la relación que tienen ahora con sus hijos. No es hablar de los recuerdos dolorosos, ni colocar a una madre en el papel de culpable o sancionadora, sino ir más allá, ¿cómo? Aceptando que una mamá no es perfecta, que puede haberse equivocado con las decisiones y acciones que tomó, así como nosotros no somos hijos perfectos y que erramos en el camino de aprender a ser mejores hijos, mejores seres humanos. El segundo punto es perdonar, ¿qué perdonaremos?, aquellas ausencias, ofensas o maltratos. Esta quizá sea la parte más complicada. Muchos hijos podrán decir que ya perdonaron porque ha pasado tiempo, pero la realidad nos muestra otra cara. Algunos hijos son incapaces de llevar una buena convivencia con sus madres, otros olvidan que la tienen o pueden ser muy duros con ellas o viven culpándoles de su destino, etc. En el acto del perdón, de la reconciliación, no es que olvidaremos todo lo que haya ocurrido, sino que seremos capaces de elegir qué recuerdos atesorar y que nos produzcan una grata felicidad, antes que nos aíslen del ser que nos dio la vida. En este tiempo donde abunda todo, menos los espacios únicos entre madres e hijos, es importante que se promueva el diálogo amical con los hijos, que se busque crear una relación de complicidad con ellos, que la madre pueda enseñarles a sobrellevar y superar los problemas que se presenten en la vida, a que desarrollen el sentido común. El camino no será fácil, pero se hace camino al andar y no sólo esta frase es aplicable a una mamá, sino a todo ser humano. Una mirada de reconciliación con nuestra madre será la forma de volver a fortalecer los lazos que nos unen a ella, que estando presente o si se encuentra en brazos del Señor, siempre una mamá será en nuestra vida, pase el tiempo que pase, la máxima expresión del amor eterno que agradeceremos infinitamente y nunca olvidaremos.